Alejandro Zambra, “Bonsái”
Mayo 2, 2009

Dos jóvenes estudiantes de literatura inician fortuitamente una relación amorosa en la que se sienten y obligan a actuar como personajes literarios, influenciados por los libros que juntos van leyendo. Su vida en común gira en torno a la literatura, al punto de buscar impulsos eróticos entre las páginas de los libros noche tras noche antes del coito. Su historia de amor acaba motivada por la lectura de un cuento que trata de una planta, símbolo del amor de una pareja, que la pierde en medio de muchas otras plantas. Sus vidas se separan: ella se va a Madrid a vivir una vida lamentable, él se queda en Santiago a vivir otra vida lamentable. Él se queda en una profunda soledad, de ella sabemos mucho menos. Pasan los años y tras fracasos literarios y laborales, él decide centrar su vida alrededor del cuidado de un Bonsái con la misma pasión que antes guardaba a la literatura. Un libro muy sugerente, de pocas palabras, conciso, que invita al lector a adivinar, intuir, suponer aquello que el autor se guarda. Una historia de desamor que logra evitar la lágrima fácil, la obviedad en la que una historia de este tipo, tan conmovedora como simple, como la que vive la pareja protagonista, tiende a caer.
Del chileno Alejandro Zambra, joven poeta y crítico, cuya primera novela, “Bonsái”, causó revuelo y polémica al presentar una obra difícil de catalogar en un género, fichado por Anagrama ante la demanda de un público español que deseaba saber qué se escribía en Chile después de Bolaño.
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Marzo 10, 2009

La niña tenía cabellos dorados. Piel blanca. Ojos celestes. La niña podía haber aparecido en cualquier propaganda de televisión. En cualquier revista de moda. En cualquier postal costumbrista de Europa central. Podía haber vestido ropas de campesina. Ropas de pasarela. Podía no haber vestido ropa y aparecer montando un ser enorme de enorme polla negra. Pero la niña no era nada de eso. La niña acabó el colegio y fue a la Universidad. Hasta que me conoció y entonces pasó a ser mi niña. Hasta que la conocí y pasó a ser mi niña. La niña rodó de la cima del cerro. Rodó por la colina verde adornada por grupos dispersos de flores de colores. De flores campestres que podían haber aparecido en cualquier propaganda de televisión. En cualquier revista de moda. En cualquier postal costumbrista de Europa central. E incluso tener su serie propia. Su espacio televisivo propio dedicado a cualquier cosa. Pero los grupos dispersos de flores no fueron nada de eso. Nacieron para ser aplastados por la niña que rodaba y no dejaba de rodar, cayendo de las formas más inverosímiles por la colina y luego por las faldas del cerro girando como un libro que llevamos de paseo por el campo y nunca abrimos. La niña rodó y cayó al pozo. En el pozo la esperaban seres escalofriantes, cocodrilos hambrientos, arañas acuáticas, zancudos, mosquitos y todos los seres condenados antes que ella a ahogarse por el motivo que fuera. Lo primero que perdió mi niña fue su cabellera, cortada de raíz por un viejo avariento. Tras olerla la restregó contra su sexo mientras ponía expresiones de placer. De placer banal. De placer tosco. De placer inmaculado. De placer glorioso. De placer morado. De placer seminal. Uterino. Mecánico. Prosaico. La niña gritó como una enloquecida. Vernacular. Lo siguiente que perdió la niña fueron sus dedos. Con sus anillos. Un cocodrilo hembra (o cocodrilo) con hábito de monja torneó los ojos como en una revelación. Siguieron las manos, los brazos. Por abajo un ser con cabeza de hombre la fornicaba con un miembro hexagonal. Así se la recuerda. Algunas noches, si estás por allí cerca y aguzas el oído. Podrás escuchar sus gemidos. Y si despierta tu curiosidad, podrás ir tras ellos. Siguiendo el rastro como a una estrella. Entrarás a un bosque y sentirás sed. Pero no son gemidos de placer. Al contrario. Es la muerte que llama. Es ella que llama desde su podredumbre. Si no estás atento. Será muy tarde. Los diez colmillos de las bestias. Las nueva garras de la aberración. Se saciarán de ti como en su momento lo hicieron de su ahora cómplice. Caza varones la penitente niña de los cabellos dorados que ya no brilla en su oscuridad.
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Febrero 24, 2009
Este músculo que late bajo mi cama es mi hijo. Durante la noche, cambia de color hasta llegar a la fluorescencia, entonces desaparece y sale el sol.
Cada noche me preparo a parir, abro mis piernas y las recojo. El hombre de los guantes introduce su puño en mí como un calígula. Y grito. Tira de sus piernas. Y grito. Y de mi grito sale un castor que se va a construir cabañas y hacer su vida.
Pero mi hijo se queda aquí hasta que amanece. Duerme y palpita mi horrendo y querido hijo, después de su primer llanto.
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Febrero 10, 2009
Tus piernas se mueve
como locas
Señalan son sus dedos descubiertos
y dan órdenes
El viento sopla
Tus brazos son la marea que aturde tripulantes
Con los dedos de tu mano
cuentas historias
mientras
bailas
ecos
de la batalla
que retumba adormecida
mientras esperamos
Eres la atracción de la fiesta
Tus caderas se abren paso entre una muchedumbre
mariscos
salteados y rebozados
Ninguno huele como el tuyo
Sobre el plato lo has servido con
zanahoria tomate
remolacha cabezas
del pelotón de reconocimiento
que se perdió en la selva y
nunca
llegó a la costa
César Moro
Enero 28, 2009

ANTONIO es Dios
ANTONIO es el Sol
ANTONIO puede destruir el mundo en un instante
ANTONIO hace caer la lluvia
ANTONIO puede hacer oscuro el día o luminosa la noche
ANTONIO es el origen de la Vía Láctea
ANTONIO tiene pies de constelaciones
ANTONIO tiene aliento de estrella fugaz y de noche
oscura
ANTONIO es el nombre genérico de los cuerpos celestes
ANTONIO es una planta carnívora con ojos de diamante
ANTONIO puede crear continentes si escupe sobre el mar
ANTONIO hace dormir el mundo cuando cierra los ojos
ANTONIO es una montaña transparente
ANTONIO es la caída de las hojas y el nacimiento del
día
ANTONIO es el nombre escrito con letras de fuego sobre
todos los planetas
ANTONIO es el Diluvio
ANTONIO es la época Megalítica del Mundo
ANTONIO es el fuego interno de la Tierra
ANTONIO es el corazón del mineral desconocido
ANTONIO fecunda las estrellas
ANTONIO es el Faraón el Emperador el Inca
ANTONIO nace de la Noche
ANTONIO es venerado por los astros
ANTONIO es más bello que los colosos de Memmón en
Tebas
ANTONIO es siete veces más grande que el Coloso de
Rodas
ANTONIO ocupa toda la historia del mundo
ANTONIO sobrepasa en majestad el espectáculo grandioso
del mar enfurecido
ANTONIO es toda la Dinastía de los Ptolomeos
México crece alrededor de ANTONIO
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Diciembre 19, 2008
A veces despierto y estás en mi habitación y el caballo blanco que montas mueve su cola como si ésta fuera un valle amplio que se agota en el horizonte. No me froto los ojos. No me froto los ojos. Pero de igual modo te descompones en miles de estrellas -todas de diferentes tamaños pero de un solo color- que caen al suelo y desaparecen.







