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Marzo 10, 2009

La niña tenía cabellos dorados. Piel blanca. Ojos celestes. La niña podía haber aparecido en cualquier propaganda de televisión. En cualquier revista de moda. En cualquier postal costumbrista de Europa central. Podía haber vestido ropas de campesina. Ropas de pasarela. Podía no haber vestido ropa y aparecer montando un ser enorme de enorme polla negra. Pero la niña no era nada de eso. La niña acabó el colegio y fue a la Universidad. Hasta que me conoció y entonces pasó a ser mi niña. Hasta que la conocí y pasó a ser mi niña. La niña rodó de la cima del cerro. Rodó por la colina verde adornada por grupos dispersos de flores de colores. De flores campestres que podían haber aparecido en cualquier propaganda de televisión. En cualquier revista de moda. En cualquier postal costumbrista de Europa central. E incluso tener su serie propia. Su espacio televisivo propio dedicado a cualquier cosa. Pero los grupos dispersos de flores no fueron nada de eso. Nacieron para ser aplastados por la niña que rodaba y no dejaba de rodar, cayendo de las formas más inverosímiles por la colina y luego por las faldas del cerro girando como un libro que llevamos de paseo por el campo y nunca abrimos. La niña rodó y cayó al pozo. En el pozo la esperaban seres escalofriantes, cocodrilos hambrientos, arañas acuáticas, zancudos, mosquitos y todos los seres condenados antes que ella a ahogarse por el motivo que fuera. Lo primero que perdió mi niña fue su cabellera, cortada de raíz por un viejo avariento. Tras olerla la restregó contra su sexo mientras ponía expresiones de placer. De placer banal. De placer tosco. De placer inmaculado. De placer glorioso. De placer morado. De placer seminal. Uterino. Mecánico. Prosaico. La niña gritó como una enloquecida. Vernacular. Lo siguiente que perdió la niña fueron sus dedos. Con sus anillos. Un cocodrilo hembra (o cocodrilo) con hábito de monja torneó los ojos como en una revelación. Siguieron las manos, los brazos. Por abajo un ser con cabeza de hombre la fornicaba con un miembro hexagonal. Así se la recuerda. Algunas noches, si estás por allí cerca y aguzas el oído. Podrás escuchar sus gemidos. Y si despierta tu curiosidad, podrás ir tras ellos. Siguiendo el rastro como a una estrella. Entrarás a un bosque y sentirás sed. Pero no son gemidos de placer. Al contrario. Es la muerte que llama. Es ella que llama desde su podredumbre. Si no estás atento. Será muy tarde. Los diez colmillos de las bestias. Las nueva garras de la aberración. Se saciarán de ti como en su momento lo hicieron de su ahora cómplice. Caza varones la penitente niña de los cabellos dorados que ya no brilla en su oscuridad.







