Imre Kertész, “Liquidación”
Junio 30, 2008

Un editor en busca de una novela, un editor que encuentra el oscuro pasado de un amigo. La caída del comunismo lleva al cierre de la editorial de Keseru, hasta entonces a flote gracias a las subvenciones del estado. Keseru, al borde de la bancarrota, emprende una acción que entiende heroica: rescatar y editar los últimos manuscritos de su amigo, B., recientemente muerto. De entre ellos, halla sólo una comedia acabada. La ficción se mezcla con la realidad; B., antes de morir relata en la comedia los hechos más predecibles tras su muerte, vincula amigos, amantes y al propio Keseru. El futuro cercano no puede ser difícil de imaginar en la transición. Keseru se ve envuelto en el juego y es arrastrado a actuar según el guión que B. dejó escrito. En este trance, descubre los lados más escondidos y oscuros de su amigo, su pasado en Auschwitz, sus adicciones, sus mujeres, entre ellas, una en especial que será clave para desatar la madeja de la existencia o no de la gran novela con la que el editor sueña y por la que se degrada poco a poco a lo largo de todo el libro.
Del escritor húngaro, Imre Kertész, ganador del Premio Novel de Literatura del 2002, deportado a Auschwitz, que saltó a la luz con su trilogía “Sin destino”, llevada al cine el 2005 por el director húngaro Lajos Koltai.
“SARA: Pareces nervioso. ¿Ha ocurrido algo?
KESER: Nada em particular, sólo que van a liqidar la editorial. El estado no está dispuesto a seguir financiando la bancarrota. La ha financiado por cuarenta años y a partir de hoy dejará de hacerlo.
OBLÁTH: Lógicamente. Es otro estado.
KÜRTI: El estado siempre es el mismo. También hasta ahora sólo ha financiado la literatura para liquidarla. El apoyo estatal a la literatura es la forma estatalmente encubierta de la liquidación estatal de la literatura.
OBLÄTH: (con ironía) Una formulación axiomática.”
Imre Kertész, “Liquidación”.
Lied
Junio 21, 2008
Luis M. Hermoza 2006
Actores: Miguel Uza (ex-integrante de Rayobac) y Berna Konzert
Música: Franz Schubert (Lied der Mignon, op. 62 n°4)
“¿Cómo narrar la historia de B al policia? ¿Con qué palabras policiales habría registrado él en el acta la historia de B, esa historia realmente inenarrable? Allí estaba yo, sentado en un despacho asfixiante. Ardían las gélidas bombillas; frente a mí tenía una mirada indiferente y oficial, con gafas, pelo incoloro, ojos incoloros, cuando entré me dio la mano húmeda. ¿En qué lenguaje podía contarle la historia de B? ¿Objetivo? ¿Dramático? ¿Protocolario, por así decirlo?
Fue un instante terrible, pues comprendí que B convivió con esta historia mientras vivió, y ahora creo haber comprendido lo que significaba convivir con ella. Allí, en ese despacho donde, según mi sensación, se concentraba toda la indiferencia del mundo, allí, digo, comprendí que todas las historias habían llegado a su fin, que las historias de todos nosotros eran inenarrables y que él, B, fue el único en sacar las conclusiones necesarias, a su modo, es decir, como solía hacer siempre, esto es, radicalmente.
Por eso tuve que buscar su novela desaparecida. Porque la novela contenía, probablemente, todo cuanto yo debía saber, todo cuanto aún se podía saber.
Sólo por nuestras historias podemos saber que nuestras historias han llegado a su fin; de lo contrario viviríamos como si aún diéramos continuidad a algo (a nuestras historias, por ejemplo), es decir, viviríamos en el error.
B al menos tenía una historia, aunque fuera una historia inenarrable e incomprensible.
Yo no llego ni a eso. Yo debo contar la historia de B para ver mi vida como una historia (¿y quién no desea conocer su historia que luego, para tranquilizarse -o, a la inversa, para inquietarse-, llamará destino?).”
Imre Kertész, “Liquidación”.
La noche en que Sir G. pasó a ser Sir Ñata Curada G.
Junio 6, 2008
Lima, siempre en invierno, aunque se esté en verano, porque en verano no importa contar nada, sólo playas a las que nunca he ido, culos como en todos lados, pero no sombras, las putas sombras que nos siguen cuando vamos en mancha y nos dirigimos a alguna cueva. Esta vez la cueva era mi casa, y yo un lobezno, un joven lobo que era llevado por mis hermanos menores pero más salvajes, más pendejos. Eramos cuatro, entonces intelectuales desconocidos, ahora tambien desconocidos pero con más reputación depende de en dónde se pregunte, cuatro tíos y mi novia, que no iba con nosotros, que sólo me acompañaba a mí. Entramos. Trago siempre sobraba en mi casa, la casa abandonada que no era otra que la casa club. Fiestas. Desmadres. Chela, ron, Coca-cola, pucho. Poca droga. Pero ellos era mis hermanos menores mis recientes nuevos hermanos menores que me llevaban a mi cueva. Preparé el trago. Lo llevé a la sala. Ya sonaba Charlie Parker, está bién chévere tu disco me dijo TX., a TX. Lo conocía menos. Lo sé, dije. TJ. y TD. ya estaban sentados, el uno estirándose como un cerdo, el otro tocandose los zapatos. Mi novia al frente, como una señorita, sonreía y me miraba. Les di trago, todos brindamos con gritos. Charlie seguía cantanto, dándole, dándole a la rola, hasta que nos cansamos de escuchar diez veces loverman y dejamos correr el disco, hasta que acabó. Enlazamos con The Who. TX. se fue a comprar. No supe qué hasta que volvió media hora después y se sentó. The Smiths era lo que escuchábamos ahora. Ya estábamos un poco picados. TX. miraba a TJ. y TD., estos lo alentaban son las cejas o la mirada a algo. Trataban de ser disimulados pero no lo consiguieron. Al acabar el disco y proponerCerati, TX. se levanta, un poco incómodo pero formal me dice a mi pero en voz alta para todos, “no sé si se puede, es decir…, si lo permites en tu casa”, todos lo miramos, TJ., TD., mi novia y yo, “…he comprado coca, ¿se puede unos tiritos?” He de reconocer que me desahuevó, me enojó un poco, no conocía mucho a este huevón y había traído a mi casa coca. Miré a TJ. y a TD., ellos me estaban mirando con atención, a mi novia que tenía cara de sorprendida, yo también desde luego, volví a mirar a TJ. y TD., sabía que ellos sí que eran unos malogrados, que se rompían la ñata con frecuencia, ¡pero si ellos saben que no le entro en esas huevadas!; no podía decepcionarlos, no quería cagarles la fiesta, además si ellos habían traído a TX., si habían querido desde hace tiempo que conociera a TX., que es un pata de putamadre, un cague de la risa, sería que entonces podría confiar, porque mis patas no traerían a cualquiera a mi jato, mi pequeña cueva convertida esta vez en su cueva, en la cueva de los cuatro. Normal, dije y miré a mi novia. TJ. y TD. Gritaron, levantaron sus manos al cielo con su vaso con trago. ¿Ves?, te dije que mi pata era de puta madre, dijeron y sus risas me celebraron. Entonces mi interés se desvió totalmente. Ahora lleno de curiosidad miraba el papel en que le habían lado la coca, preguntaba por el lugar donde la había comprado. No muy lejos de mi casa, La Victoria, por la avenida México, Palermo, creo. Luego pasó a hablar de la tía que se lo vendió, un ser oscuro y gordo, vestido de luto y Hawahianas. Ellos jalaron y me invitaron. Miré a mi novia. No lo había hecho antes. Acepté. Me pasaron la tarjeta, el polvo blanco recogido en un papel. Volví a mirar a mi novia quien me miraba de forma inexplicable, más allá de la sorpresa. Jalé. El polvo se metió por mi nariz. Sólo por el orificio izquierdo. Supuse que ya estaría bien para la primera vez. Ellos siguieron y se lo acabaron todo. Mi novia al frente, un poco alejada de mí, parecxía ensimismada. Al final estaban literalmente duros. TJ. se lanzaba al mueble como una tabla de madera gritando ¡estoy durazo, loco, durazo! Todos se cagaban de risa. Quizá yo también. Mi ñata la tenía adormecida. No volví a probar más coca esa noche ni ninguna que siguió. Cuando acompañé a mi novia a tomar su taxi, no me creyó cuando le dije que esa había sido mi primera vez. Ja. Como si tuviera que justificar mi hymen medio roto.
Texto publicado por primera vez en Diciembre del 2006
en un blog que ya no existe.
“No creo que sea locura. Mi fe me ha mantenido en mi carrera, Judit. ¿Qué sería un editor sin la fe, sin una tarea espiritual? ¿Qué sería en un mundo censurado, maligno y analfabeto? Nada ni nadie. Un esclavo obligado a corregir deberes, un corrector abocado a su ceguera. Yo, sin embargo, creo en la escritura. No creo en nada más, sólo en la escritura. El hombre vive como un gusano pero escribe como los dioses.”
Imre Kertész, “Liquidación”.







